viernes, 24 de agosto de 2012

El títere.


El teatro tenía seis meses abandonado desde el incidente. Sólo quedaba media escalera chamuscada, armazones de lo que alguna vez fueron sillas, y miles de huellas en un desierto de cenizas. El títere fue el único sobreviviente, se encontró a sí mismo en primera fila cuando despertó del letargo. Siempre le había llamado la atención que se sentiría estar en esa posición: del otro lado del espejo, presenciando el espectáculo que era su “vida”. Cuando levantó la mirada se dio cuenta que faltaba más de la mitad del techo, el resto estaba cubierto de grietas y hollín. Podía ver mil estrellas y parte de la luna escondiéndose entre los restos. La escena lo hacía sentir que estaba atrapado en las fauces del universo. Porque eso es el universo; una gran bestia que nos engulle lentamente. Volvió la mirada al escenario; ese que lo había visto “crecer”. Saber que no llevaba nada por dentro nunca le había impedido sentir las cosas, entendió que se puede sentir sin ser. La revelación le produjo un escalofrío. Se levantó, aplaudió y se dejó caer en el suelo.

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