lunes, 12 de diciembre de 2011

Carga ligera.

El más común de los hombres fue el elegido para la gran tarea. Llevaba el mundo entre mano y mano, debía luchar contra la gravedad que le atraía las palmas hacia la superficie, en un abrir y cerrar de ojos podría destruirlo todo. Al principio la fuerza de rotación lo hacía intolerable, luego logró acostumbrarse a la asignación que le fue concedida. Las nubes le corrían entre los dedos condensando la humedad hasta hacerlos gotear; lluvia, la llamaban los que no conocían la procedencia del regalo celestial. Era una dura tarea, por momentos dudaba de sí mismo y su fuerza de voluntad. En esos momentos de ansiedad una fuerza estática le recorría todo el cuerpo hasta concentrarse en sus palmas sudorosas generando descargas eléctricas; tormenta, era el nombre concedido al efecto por los ingenuos habitantes del pequeño planeta. Luego de miles de años el hombre aprendió la lección de vida: No hace falta ser una deidad para tocar el cielo con las manos pero sí un inhumano para destruirlo.

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